4 de octubre de 2014

Política

Política. Salsa Serrana: ¡Marche el Cristo y una estatua para Rogelio!

Chiquito Pérez entró al despacho de Miguel Lunghi, radiante, como si fuera a informarle que había ganado el Loto. -Jefe, tengo una buena noticia para darle. El intendente aún arrastraba la resaca que le significó las primeras opiniones acerca del Cristo de las Sierras, vituperado por algunas voces en las redes sociales debido a cierta desproporción congénita de la escultura. -Espero que no me defraude, Pérez. Usted fue uno de los pocos funcionarios que me acompañó durante la procesión del Cristo hasta Don Bosco. -No lo defraudaré, jefe. Jamás lo hice, jamás lo haré. -¿Por qué no me acompañó la gente? Contésteme eso, Pérez. ¿No tenía derecho a encabezar la caravana delante de la grúa de Vázquez como cuando llevamos la réplica de la Piedra? Ya sé que los bocinazos de las grúas del Caballo y la sirena del patrullero le dieron un cariz un tanto circense al traslado del Jesús fundido… pero, ¿no merecía el segundo Cristo una celebración de bienvenida como el primero? -Por supuesto, Jefe. Son las elites de esos intelectuales pedorros los que critican. Acuérdese que el 12 de octubre van a ir 50 mil vecinos a la inauguración. -Fueron 60 mil tandilenses cuando inauguré el chorro del Dique. Una jornada memorable. ¿Cómo va a ir menos gente a ver el descubrimiento de Jesús que a un simple chorro de agua saliendo para arriba? -Entonces estará todo Tandil en Don Bosco, póngale la firma. -Pero igual esos ponzoñosos me critican, están en contra de las pasiones populares… - Déjelos que hablen, Jefe… Ladran, Judas… -Sancho, Pérez. El dicho es “Ladran, Sancho…”. -Ah, lo que pasa es que no quise nombrarle al gordito por si no le caía bien, Jefe… Digo, porque a Sancho ya lo tenemos al lado del Quijote en Villa del Lago y ese por ahora no ladra. Recuerde que no hubo críticas para nuestro Quijote anoréxico… -¡No me nombre a Villa del Lago! ¡Llegó diciéndome que traía una buena noticia y me viene con las construcciones en las sierras que denunciaron esos frígidos ambientalistas! -Disculpe, no fue mi intención, Jefe, para nada…. De a poco el lugar se fue poblando de funcionarios. Culminaba una semana compleja para el humor del jefe comunal: el polémico Cristo, la resistencia a la SAPEM, las construcciones en las sierras y para colmo Diego Bossio, El Hijo del Imprentero, llenando la ciudad de kirchneristas for export para instalar su candidatura a gobernador. -Bueno, ¿cuál es la buena noticia, Pérez? -Acabo de verlo a Rogelio Iparraguirre. -¿Ese camporista de la aristocracia local? ¿Qué quiere ahora? Este tipo me viene arruinando el hígado desde el verano. Primero dijo que el Balneario del Sol era una letrina y que mi gestión no dejaba que los pobres tuvieran una pileta donde bañarse,… ¡como si yo fuera el piletero del pueblo! Después nos quiso manejar la guita del Fondo Educativo y encima se metió a husmear en uno de los refugios para las mujeres golpeadas. ¿Qué pasa ahora con ese energúmeno? -Le dije que es una buena noticia, Jefe. Mire, asómese por la ventana. Lunghi se levantó pesadamente del sillón en el que desde hace once años transcurren las tres cuartas partes de sus días, incluidos los domingos. Y detrás del vidrio atisbó al joven concejal del Frente para la Victoria, en la Plaza Independencia. -¿Ve, Jefe? Rogelio está repartiendo ejemplares del Clarín trucho entre los vecinos. Por primera vez a Lunghi se le iluminó la mirada. -Al fin una buena –masculló-. ¡Nicolini, llamá a Oscar Nigro! Quiero medir cuántos puntos subimos por cada Clarín trucho que La Cámpora entregó en este pueblo. Urgente. -Ya lo llamo, Jefe. -¡Mario! –gritó de gusto Lunghi invocando al Ing. Mario Civalleri, porque lo tenía a su lado-. ¿Qué espacio libre nos queda para poner otra escultura? -Jefe, venimos un poco saturados con ese tema… -¡No me contradiga, Mario! Deme un lugar, cualquiera, un potrero, un baldío, lo que sea…. -¿A quién le vamos a hacer un monumento ahora? ¿Al papa Francisco? –terció crípticamente el subsecretario de gobierno y primogénito de Lunghi-. Debo decir con todo respeto que a esta altura quizá estemos sobreactuando con los guiños de la gestión hacia los votantes de la derecha conservadora: la calle del hermano Sabino, la iluminación de la Parroquia del Santísimo, el manantial del hermano Adelsio, el monumento a la Sagrada Familia, el Cristo de las Sierras… en fin. No le vamos a dejar ningún proyecto a Ersinger y nos van a correr por izquierda, papá –apuntó Miguelito. Miguel Lunghi observó a su hijo como si viera el espectro redivivo de un escritorzuelo que le advertía hasta el fastidio de estas abundantes simbologías más próximas al conservadurismo hacedor paternalista que a las de un gobierno “progresista y popular”, como solía declamar el intendente. -Mario, quiero una plaza para mañana mismo. Y un escultor que no sea Tirso, por favor. Ese imbécil hizo un Cristo con enanismo para que se mofen de mí. ¿Lo vieron en Facebook con la capa de Superman? ¿O convertido en rockero? ¡Viajé con la maqueta de Cristo hasta la mismísima Plaza San Pedro para que ahora se me caguen de risa…! ¡Y se ríen solo de mí! No dicen nada de Omar Farah, que estaba a mi lado, y del figureti de Pablo Bossio que le sacó una foto al papa mientras venía hacia nosotros! ¡Encima joroban con que la cara del Cristo se parece a Horacio Guarany y ustedes saben que yo detesto a ese populista millonario que desafina como un chancho! ¡Hasta el papa debe estar burlándose de mí con Cristina! -Es una ínfima minoría la que se burla, Jefe... –pretendió calmar las aguas Pérez. -Miguel, ¿qué nuevo monumento quiere poner ahora? –le preguntó, educado, Civalleri. -Un busto de Iparraguirre. Como es alto, ahorremos recursos y le cortamos las patas. Mi intuición dice que por cada ejemplar del Clarín trucho que repartió ganamos cien votos en el electorado. Si La Cámpora distribuyó unos mil ejemplares entre las cuatro avenidas, tenemos como diez lucas de votos nuevos. ¿Se merece o no se merece un monumento? Lunghi parecía extasiado mirando al concejal del Frente para la Victoria en el centro de la Plaza Independencia. Quizá en su mente anidaba el sulfuroso silogismo que alguna vez había escuchado de boca de un estudioso de la idiosincrasia mental de la sociedad lugareña y que él conocía mejor que nadie: “En este pueblo el Che Guevara hubiera sido remisero”. -Temo decirle que si observa más allá de la plaza, en la glorieta, verá algo que no le gustará, Jefe –lo arrancó de su estado introspectivo el jefe de gabinete. Marcos Nicolini sufre de una soledad existencial en el equipo de gobierno y suele ser el encargado de tributar las malas noticias. -¿Qué pasa? –preguntó Lunghi. -Hay una movida de los graduados y estudiantes de la Facultad de Teatro contra la Policía Comunal. No quieren que la Unicen capacite a los policías. -¡Que se vayan a joderlo a Tassara! ¿Me quieren empiojar mi buena relación con Scioli, no? A mí tampoco me gusta la policía local y me la tuve que fumar igual… -Jefe, parece que la mano viene en serio. Un rumor dice que van a hacernos un escrache el día de la inauguración del Cristo de las Sierras. El rostro de Lunghi mutó a una ira verduzca. -¡Deliaaaaaaaaaaaaaaa! –gritó, con su tradicional delicadeza para llamar a su secretaria. La abnegada colaboradora del intendente municipal entró al despacho con el mate y el termo en sus manos. -Vamos a poner dos custodios cerca del Cristo. Que además pueden completar el cuadro de la figura bíblica de los dos ladrones, el bueno y el malo. Búsqueme dos petisos para que por efecto contraste el Cristo gane en altura y deje de ser medio retacón. Necesito un par de voluntarios. Un silencio sepulcral se abrió como un paréntesis en la congelada atmósfera del despacho. -Bueno, por último… ¿qué novedades hay de “La Legión”? –indagó de golpe Lunghi al secretario de gobierno, Matías Civale, ideólogo de la estrategia de la defensa del Ing. Oscar Maggiori. “La Legión” (figura histórica tomada de los oficiales que llevaron el cadáver descarnado del general Lavalle hasta Bolivia para salvar su cabeza de los federales), es el cuerpo de elite del ex lunghismo en el destierro que debía procurar una gesta patriótica: retener en España o donde fuera hasta el año 2015 el regreso de Maggiori, a fin de que no pudiera volver a ocupar su próspero sillón en la Usina, debido a las complejidades que afronta su condición de concursado en la Justicia. La ex radical K(ash) Nilda Fernández era la encargada de impedir la vuelta de Tito. Con el señuelo de Juan Urruty dispuesto a recibir una cornada de algún toro en la festividad de San Fermín, uno de los lugares de esparcimiento a donde “La Legión” lo llevó a Maggiori para distraerlo del regreso. -Lamentablemente, Miguel –dijo Civale suavizando al extremo el tono de voz-, el dúo dinámico no pudo frenar el retorno. Lo entretuvieron unos cuantos días en Punta del Este, dos días más en Puerto Madero, un día más en La Plata, cuando lo llevaron a ver el partido del Estudiantes de sus amores contra Gimnasia… pero en un descuido se les escapó, se subió al Tren Sanitario del gobierno nacional y ya está de nuevo en la Usina. Cuentan que se hizo atender por el oftalmólogo del tren y consiguió un par de anteojos gratis. Miguel Lunghi se hundió en uno de sus inescrutables silencios. Luego le dijo a Pérez que llene el tanque de nafta para salir rumbo a Buenos Aires. -Vamos a verlo a Ernesto Sanz al Luna. Es medio amargo, pero bueno, peor es el traidor de Cobos… -se consoló. Allí, en el mítico Luna Park donde brillaron Monzón y Nicolino Loche, el intendente municipal creyó entrar de golpe por los intersticios mágicos hacia el túnel del pasado. Sobre todo cuando él y miles de radicales de reverdecida boina blanca, con un entusiasmo adolescente, entonaron nuevamente el optimista estribillo “Volveremos, volveremos como en el 83”. Al jefe comunal, que nunca rinde culto a la nostalgia, se le piantó un lagrimón cuando el recuerdo de Raúl Alfonsín sobrevoló el Luna. Se trató de un optimismo exagerado o un espejismo fugaz: imaginar hoy a Sanz como la continuidad del venerable caudillo radical de Chascomús, sería algo así como parangonar al Cristo de las Sierras con el Moisés de Miguel Ángel.

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