1 de julio de 2014

Sociedad

Sociedad. Otras postales del Mundial de acá a la vuelta

La pelota que patee en mi niñez aún está volando por el aire. Refiere a la inocencia eterna. A creer que todos somos Messi. Todos somos argentinos. La unánime felicidad de ser, por este día y desde la una de la tarde hasta le hora del festejo, si lo hubiera, una misma cosa. Una misma patria. Si es que la pelota y la patria tienen algo que ver entre sí, densa cuestión que nadie está dispuesto a discutir este mediodía en que jugamos contra Suiza, partido que presumiblemente era accesible y que se habrá de convertir en un lento calvario con final incierto. Hasta el minuto 118. En que un chico al que le dicen Fideo hace el gol de su vida. Y el gol de la nuestra. Para que el aire se pueble de bocinazos, de sonora felicidad, de banderas al viento, y en las calles y en la esquina mágica –Rodríguez y Pinto- se desate un festejo paralelo a lo que está pasando en todo el país. Que, para variar, ya empezó a cultivar las nuevas mitologías que impone el papado de Francisco: parece que el aura del Santo Padre Argentino se interpuso entre el cabezazo del suizo y la red. El papa, convertido en poste, atajó la última pelota de la angustia. Ya hay un fotomontaje viralizándose en Facebook. Un tipo embanderado, solo y a contramano por la calle, canta el hit del Mundial, gozando al odiado Brasil. La muchedumbre en la esquina del bigbang tandilero canta y grita al son de “el que no salta es un inglés”. Otro tipo, también envuelto en la bandera nacional, parado arriba de un banco de la Peatonal Bipolar, festeja el triunfo sacándole una foto a la fachada de Liverpool, pub de nombre inglés y dueño descendiente de españoles. Dos personajes que parecen salidos de una ficción criolla, vestidos con atuendos muy pobres y sentados en el reborde de los restos mortales del Banco Comercial, contemplan en silencio el festejo de los vecinos en la esquina del ex Bar Ideal. Una Toyota Hilux que pasa frente a ellos envuelta con la bandera argentina compone una suerte de anticlímax local del óleo mundialista. La ciudad festeja. Hace demasiado tiempo que no se gana nada. “El fútbol me enseñó las cosas más importantes de la vida”, supo decir Albert Camus. En un país crispado por la década del pensamiento binario, el fútbol nos invitó este martes a bajar la guardia por un rato. A cantar un gol en común. El fútbol en estas horas más que un deporte parece un bienvenido milagro sucediendo entre las callecitas serranas.

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