8 de junio de 2014

Sociedad

Sociedad. Lavand revivió la “pulcra bohemia tandilense”…

Lavand tuvo un entusiasta cómplice hace, exactamente, 14 años: el recordado Aníbal Tuculet. Pero “haciendo honor a mi frase ‘no se puede hacer más lento’ tardé todo este tiempo para pasar de la idea al acto”, señaló con humor René. Su ex colaborador en el laboratorio de la baraja mágica, el edil José Fosco, hizo el resto en cuanto a la producción de “La guitarra de los gauchos”, obra monumental del folclore argentino, ensamblada y recitada por Lavand, una reliquia de la gauchesca popular concebida por la pluma de Lauro Viana, la música del célebre Abel Fleury y la impecable reinterpretación del guitarrista Sergio Moldavsky. Todo este largo peregrinaje en el rescate del texto de un poeta poco apegado a la conservación de sus propios escritos y con una mirada muy crítica de sí mismo como sujeto intelectual, nos referimos a Viana, culminó el sábado, durante la presentación del CD en el Auditórium Alfa, aunque también vale decir que a partir de ahora otra historia recién empieza. “Anoche me llamó la Ministra de Cultura para felicitarme por este trabajo...”, dijo Lavand, sorprendido, en referencia a Teresa Parodi, y luego abundó en el incipiente interés que ha creado “La guitarra de los gauchos”, en España. Pero como telón de fondo de lo ocurrido en el Alfa, del cual sólo queda su nombre habida cuenta de la transformación edilicia de la sala, flotó, omnipresente , la idea de asociar la concreción y difusión de esta obra al corpus artístico de la verdadera cultura nacional como raíz identitaria: el folclore y su lengua –la poética, la musical, la paisajística- en el marco de una tradición íntimamente argentina. Cada aporte de Moldavsky apuntó a sostener esa línea que tuvo a Fleury entre sus precursores. “Podemos ser ciudadanos del mundo pero la cultura popular argentina es la cultura popular argentina”, dijo el guitarrista entre aplausos. Una reflexión interesante citó Moldavsky (que nació en Capital Federal y vivió en un departamento) al descubrir la problemática existencial del gaucho: ser un hombre de temporalidad finita que vivía en la infinita llanura. De esa contradicción angustiante está hecha, en parte, la sustancia de “La guitarra de los gauchos”. Lavand no le fue en zaga a la hora de merituar la importancia capital del folclore, incluso por encima del tango, sin renegar del cosmpolitismo pero, como suele decir citando a Atahualpa Yupanqui, reparando en el silogismo de que todo hombre tiene su vértice, su lugar. Y mucho de eso se respiró en la anécdota que contó Lavand respecto al encuentro de Yupanqui con Neruda, cuando Atahualpa le preguntó: “Pablo, ¿por qué te duele tanto Chile?”. “A la pregunta de por qué hice esta obra debo decir que también es por el dolor que siento por mi país”, analogizó Lavand, entendiendo que hablar de la patria no sólo se limita al lenguaje ideológico de la política, sino, muy especialmente, al ADN que revela su cultura y en especial su folclore. "El lenguaje de la tierra", precisó Lavand. Entre recitados de algunos momentos poéticos de “La guitarra de los gauchos”, el ilusionista contextualizó el clima de época de su génesis en lo que se llamó, por aquellos tiempos lejanos, “la pulcra bohemia tandilense”, formada por los intelectuales del pago chico de entonces que se reunían en el desaparecido Hotel Ramírez a filosofar sobre la existencia y a menudear acerca de las cuestiones artísticas, donde se destacaban las presencias de Ambrosio Renis, Juanillo Salceda, el impresor gráfico Alfredo Vitullo, Héctor Miri, Ernesto Valor y algunos pocos más, quienes eran una verdadera elite que cultivaba la bohemia sin estridencias, acomodada al recatado paisaje social del Tandil de los años 30. Lauro Viana era una de esas voces para quien si la posteridad no le significada nada en absoluto, la noción de trascendencia contemporánea le importaba mucho menos. Había ordenado quemar su obra, cosa que tras su muerte ocurrió de forma parcial. Así, la persistencia de Lavand logró un rescate cultural antropológico de uno de los textos que supo leer el recitador estrella de la radiofonía de los 30, Fernando Ochoa. Anoche el viejo Alfa se pobló de ciertas imágenes que fulguran como constelaciones del pasado reciente y remoto. Del rostro brumoso de un Tandil cultural perdido y recobrado. Entre las muchas coincidencias de Viana y Fleury, una forjó la construcción artística de ambos: si el poeta rompía sus papeles como una suerte de Macedonio Fernández de la tandilidad gauchesa, el guitarrista, aquejado de cierta pereza, no solía escribir sus improvisaciones en la partitura. Aún así, la obra venció al tiempo. En la voz del mejor ilusionista del mundo, la poética de Viana fluye con su cadencia singular y la caudalosa mitología del gaucho y sus devenires, para darle a la existencia del hombre de la pampa el sentido lírico y filosofal que Viana le asignó en el remate de su espléndida cifra: “La vida, tropel de sombras que un dolor arrea y una esperanza amadrina”.  

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