7 de mayo de 2014

Política

Política. Políticos, teros y choripanes

Pablo Bossio, Marcelo Cifuentes, Miguel Lunghi y su secretario de Obras Públicas, Ing. Mario Civalleri, se vean las caras para tratar de empezar a cambiarle la cara a un Estadio de fútbol que los años y las épocas dejaron a contramano del tiempo. Chico, mal iluminado y enclavado en el corazón de la ciudad, lo que hace aún más compleja la cuestión de la seguridad cuando se deba recibir a las ásperas hinchadas foráneas, el San Martín se aviene a protagonizar su etapa posmoderna con un destino impensado. El reverdecer de la cultura futbolera –que se apagó durante muchos años con canchas vacías en el fútbol local- y la paradoja de que su club más popular no tenga un estadio propio, obliga a poner manos a la obra para albergar, de máxima, a una  multitud de diez mil almas. Hoy, bien apretados, no más de la mitad de esa masa crítica permite su limitada infraestructura. De modo que la sociedad política & fútbol –justo ahora que encima se viene el Mundial- procurará unir dos pulsiones ideológicas en contrario que hace años pugnan por lo mismo: el poder. Lunghi, que lo tiene, y los Bossio Brothers, que se lo quieren sacar. Esta cuestión de política y fútbol tuvo un primer capítulo hace un tiempo, cuando El Hijo del Imprentero 1 le dio vuelta in extremis –con el favorcito de una pauta publicitaria de Anses- el decisivo voto del club Independiente para la elección del presidente de la Liga Tandilense de Fútbol. Esa deserción permitió que el escribano Marcelo Cifuentes fuera ungido al frente de la entidad, cuando nadie –o muy poca gente- había imaginado que Santamarina llegaría al Nacional B. Fue un momento de intrigas y asperezas que malhumoraron a Lunghi, dado que el poder también se pelea en el deporte, centímetro a centímetro, club a club, subsidio contra subsidio. El milagro de Santamarina (que en poco tiempo salió de la tumba como un Lázaro futbolero) propone una suerte de prodigio ulterior: obliga a radicales y kirchneristas a sentarse a una mesa en común con la pelota en el medio. Reacondicionar el viejo Estadio amerita una tarea nada fácil para el sujeto político local, cualquiera sea su signo: compartir la refundación de algo. Es decir, ceder el protagonismo a la Otredad. Al otro. Razón por la cual el otro empieza a compartir la autoría de una novela que perdió, por ahora, su capítulo más pretencioso: la construcción de un mega estadio para 20 mil espectadores que un grupo inversor privado había proyectado levantar frente al barrio Arco Iris. A la entrada a Tandil. En el fatídico predio donde iba a aposentarse la fábrica Tyssen, hoy tumba política del ex secretario de Desarrollo Local Oscar Maggiori, cripta que lleva como lápida la majestuosa retórica que dibujó Omar Farah luego de que Tyssen huyera despavorido frente a la arrogancia burocrática del actual presidente de la Usina que se negó a atenderlo: ¡”Voy por Tyssen!”, boqueó el industrial Farah, sin conocerse, hasta la fecha, los resultados de tamaño anuncio. En ese lugar maldito para los vendedores de humo iba a construirse el  estadio, en una operación cuyo combo incluía la manzana del San Martín, donde se habría de erigir un barrio privado con un centro comercial y afines. El baño de realidad de un país con una economía a media marcha volvió las cosas a foja cero. Y el Estadio necesita, como esas casas antiguas del Tandil de los años felices, humildes pero limpias, perfumadas por las primaveras de la historia, una reforma considerable. Preocupado, el presidente de la Peña El Atraso, Angel Teté Molina, le preguntó hoy por la radio a Cifuentes si las obras de reacondicionamiento no afectarían dos perlas “sagradas” del capital simbólico del Estadio San Martín: los teros y los choripanes. “De ninguna manera… soy uno de los que habitualmente se clava un chori en el entretiempo”, dijo, con humor, el presidente de la Liga. A la clase política no le vendría nada mal una pócima de costumbrismo para digerir las pequeñas miserias de ese microcosmos que no le importan a nadie. El acontecimiento futbolero por venir impone a sus protagonistas el infrecuente gesto de compartir la pelota. No será fácil y pondrá a prueba una de las máximas más certeras de la política, esa ciencia que consiste en tragar amargo y escupir dulce.

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