3 de febrero de 2014

Sociedad

Sociedad. En Tunitas la batalla es para ver quién la tiene más grande

ad hoc entre menores de edad y unos cuantos mayores. Son los mismos vecinos del barrio quienes ruegan por una presencia policial activa, y los que vienen interactuando en profundidad con las autoridades municipales para achicar la brecha social imperante. Las Tunitas nació con el destino cambiado: la soñaron como el primer country de Tandil, allá por los 50, y terminó en su antítesis. Hasta hace un mes los colectivos no podían entrar, víctimas de todo tipo de agresiones a cargo de una banda de marginales, algunos, y otros como ya declarados delincuentes comunes. El peligro de esta situación es que los delitos de unos pocos acaben por estigmatizar a todo un barrio con el peor de los rostros ante la sociedad toda. Y allí, entonces, ocurriría la peor injusticia. Lo sucedido ayer remite a cierta perplejidad, a una imagen del hiperrealismo serrano con virulencia patotera: 30 ó 40 lúmpenes pusieron en vilo a la barriada en que habitan y la policía estuvo más de siete horas para disuadir el alzamiento contra la apertura de un destacamento policial, cuando la primera demanda de la sociedad es la seguridad perdida. O sea, el fondo de la puja que se está librando en estas horas en las Tunitas tiene que ver con una noción de propiedad: de quién es el barrio como territorio, es decir quién la tiene más larga, si la mano de la ley o una banda de facinerosos acostumbrados a la impunidad para hacer sus negocios. La historia en las Tunitas, todavía, se sigue escribiendo en tiempo presente.

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