31 de enero de 2014

Sociedad

Sociedad. Polémica en puerta: quieren hacer un hotel en el cerro donde se tiró Dinelli

Tandil, El Libro de Oro: “En 1904 el zapatero Guido Dinelli, un inmigrante calabrés nacido en Catanzaro, acomete una aventura que paraliza al pueblo: a los 35 años decide construir su propio planeador, también llamado la Bicicleta Aérea, para consumar lo que muchos creen que fue el primer vuelo de un aparato más pesado que el aire en Sudamérica.  Así, construye un armatoste con un fuselaje consistente en el cuadro de una bicicleta que, supone, le permitirá acelerar hasta alcanzar la velocidad de despegue. El carpintero Andrés Macaya lo ayuda en el armado de las alas: en la carpintería de calle Machado corta los listones de pino spruce con los que le da la forma adecuada al velamen. La estructura es de madera y caña y está forrada con una tela de cotín, la cual, según la leyenda, le ha sido regalada por el famoso payaso inglés Frank Brown, quien acaba de visitar Tandil con el circo de los hermanos Carló. La nave carece de controles de mando ya que lo único que ha instalado Dinelli son un par de cuerdas a cada lado del velamen, las que le permitirán variar la incidencia por deformación de la estructura. En declaraciones al periódico La Democracia, Dinelli intenta bajar el nivel de expectativa social que ha propiciado su aventura, asegurando que no intenta volar, sino alcanzar una ráfaga de viento que le permita deslizarse desde lo alto a fin de estabilizar lo que él llama su ‘aeroplano’ y realizar un descenso apacible. El calificado fotógrafo Carlos Pierroni retrata la estampa del artefacto, precursor del parapente, que propició lo que muchos llamarían el nacimiento de la aviación argentina. El 25 de mayo de 1904, entre las tres y las cuatro de la tarde, Dinelli, luego de santiguarse, lleva su aparato hasta el peñasco del Cerro Garibaldi, a cerca de cien metros de altura sobre la Plaza Independencia, y enfrentando el viento, que sopla del noroeste, echa a rodar cuesta abajo en un ángulo de unos 45º, recorriendo luego en planeo unos ciento ochenta metros. El aterrizaje es muy duro, ya que toca tierra con un pronunciado ángulo de descenso y con la bicicleta que oficia de tren de aterrizaje desalineada con la trayectoria del vuelo, golpeando con su cuerpo contra una piedra, para quedar envuelto en los restos del velamen y entre las astillas de la estructura de su planeador. Dinelli queda bastante magullado y dolorido, pero no hay quien en el pueblo no hable del acontecimiento que, en rigor, no es evaluado desde su prospectiva histórica. Dinelli, sin respaldo oficial, poco después abandona la actividad aeronáutica, esfumándose su figura con el paso del tiempo. Pero, ¿qué lo llevó al zapatero a protagonizar semejante aventura? Entre los mentideros del empedrado se elucubra la teoría de que todo hombre, en algún momento de su vida, por más gris y mediocre que haya sido esa existencia, guarda para sí el momento en que ejecutará un inesperado acto de locura. Más allá de esta creencia, cabe preguntarse qué habrá pasado por el ánimo Dinelli, quien luego de semejante hazaña resulta ninguneado por los conservadores del Municipio, cuando meses después lee en la prensa lo que sin duda habrá resultado un sonoro escándalo para la época: el partido conservador había instalado un garito en su propio comité con el fin de “desplumar al choclón a los incautos que a ese antro de corrupción concurran”. Fuente: Tandil, El Libro de Oro, Elías El Hage Fotografía: El “aéreoplano” de Guido Dinelli minutos antes de decolar. (Archivo Pierroni. Gentileza José Luis Betelú. Colección Privada)

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