19 de enero de 2014

Política

Política. ¿Operación en ciernes para culpabilizar a las víctimas?

Esto que pasó, según los expertos, no tiene ni siquiera demasiados antecedentes, fue algo muy inusual y por lo tanto el peritaje va a demandar un largo tiempo”, confió una fuente del sindicato. Esta cuestión no ha hecho más que potenciar el silencio de Carlos Romano,  quien desde hace tiempo fue una de las voces más críticas respecto a las condiciones de seguridad en la planta fabril de Villa Italia. “Romano está callado por dos cuestiones. Primero, no puede hablar hasta que el peritaje diga qué pasó. Y segundo: está muy preocupado porque teme que la empresa se piante de la ciudad...”, dijo con todas las letras un colaborador que forma parte de la mesa chica del sindicalista. Lo que pudo observarse en la marcha del viernes está en sintonía con este argumento. Al dejarle el rol de la palabra a un trabajador metalúrgico, el secretario general cedió buena parte de su centralidad política. Es un gesto que se traduce en debilidad, pero, mirando todo el panorama, Romano no tiene demasiado margen de maniobra, aun si el peritaje demostrara, como se infiere desde un primer momento, la responsabilidad de la empresa en las muertes de Lucas Serén, Juan Cruz Andrade y Luciano Vargas. Sin embargo el problema de Romano, más allá de tener que internalizar como dirigente político la peor tragedia de la metalúrgica tandilense con vidas segadas de su propio sindicato, es la amenaza latente de que Renault Argentina decida levantar campamento de Tandil. No fue ésta la primera reacción de la empresa. Hubiera sido casi una provocación en el contexto inmediatamente posterior a la tragedia que sacudió el corazón de los 170 trabajadores de la planta y causó un enorme impacto en la sociabilidad lugareña. Pero no hay ninguna certeza de que en un mediano plazo Renault no decida cerrar su planta en Tandil. Le demandó por lo menos una semana al intendente Miguel Lunghi que el presidente de Renault Argentina se dignara atenderle el teléfono tras la explosión del horno fatal. Romano tiene hoy un problema inmediato –darle respuesta a sus bases presionando a la empresa tras el desastre ocurrido- y una encrucijada política que lo desvela: no estirar la cuerda hasta el punto de la rotura, porque su suerte estaría finalmente sellada si a la desgracia de los tres jóvenes operarios fallecidos se le suma la angustia de 200 familias en la calle. Frente a este dilema que condiciona el escenario, Romano se llamó a silencio, cedió protagonismo y quizá también haya perdido buena parte de la autoridad de mando entre los suyos. Que el secretario general de uno de los gremios históricamente más combativos de la ciudad no le haya hablado a las 1500 almas durante la marcha del viernes, es un signo de hasta dónde lo ha tenido que llevar el sendero de la cautela. Otro que viene perdiendo combustible político del tanque de la supervivencia es el Secretario de Desarrollo Local, Pedro Espondaburu. El Magister, como le gusta que lo llamen, estaba de vacaciones cuando ocurrió la explosión en metalúrgica. Y sigue de vacaciones, como si en la ciudad no hubiera pasado nada. El intendente y todos sus secretarios del gabinete caminaron la marcha del dolor poniendo la cara cuando más duele ponerla. Probablemente la ausencia de Espondaburu haya convencido al jefe comunal que tiene en una secretaría clave a un funcionario inexistente, y actúe en consecuencia. Si el primer trascendido que asoma tras la rotura del horno –que fue destruido como primer paso para su peritaje- alude a una supuesta “inexperiencia” de los metalúrgicos fallecidos, habrá que tomar con pinzas y un detector de excrementos cada dato que se arroje a la marea mediática habida cuenta de los intereses totalmente contrapuestos que libran las partes luego de la tragedia. Y esperar con paciencia el dictamen del peritaje, el cual deberá ser transparente y sin un sombra de duda para nadie.

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