12 de agosto de 2013

Política

Política. Aparatos (remises, marketing y Viagra)

Patrón de Estancia. Allí van los peones del campo del señor latifundista a votar por quién les dijeron que tienen que votar. En esa imagen está cifrada la vergüenza de la democracia. Pero claro, la postal de ese tiempo refiere a una democracia aún sui generis. Entonces, cuesta entender que más de siglo después la imagen se recicle en algo muy parecido a la peonada de caballo yendo a votar por el patrón. A las 7,45 de la mañana del domingo 11 de agosto, un número cercano al centenar de remises (aún no están todos en la foto) se concentran en la diagonal del Parque, contratados previamente por el kirchnerismo local. Un coordinador diagrama los recorridos. Durante toda la jornada los remiseros llevan en sus autos a los votantes de Pablo Bossio. El súper aparato que sostiene al candidato habrá de abonar, en números redondos, algo así como cien mil pesos por el servicio. Para hacer atrasar la historia y deslizarse, sin vergüenza, hacia el pozo ciego de lo que el kichnerismo dice abominar: la oligarquía y sus rituales denigratorios. Llevar gente a votar, es decir, asegurarse de que van a ir votar por el candidato que les paga el viaje en remís, no queda muy nacional y popular que digamos. La épica del kirchnerismo, en este caso, colisiona contra el muro de su contradicción de base, al menos en Tandil. ¿Será distinto en otro lado? ¿Nuestra ciudad no abreva en la mística de la heroicidad revolucionaria con los recursos del Estado Nacional porque no considera una clave insurgente llenar un gimnasio con 45 micros poblados de militantes foráneos, pantallas de led, cartelería digital, y transmisión en vivo al interior del país? Para no abundar en cuestiones personales, dado que es una familia que conozco de toda una vida, podemos referenciar el relato sin el nombre de los dos hermanos de esta historia. Porque, además, ni Pablo ni Diego representan la centralidad de este artículo. Cuando se habla de un gobierno, nos referimos a un concepto. Que evoca la incómoda pregunta: ¿cómo se puede pretender ganar una elección o simplemente bañarla de una mínima dignidad, en nombre del progresismo, con el uso y abuso de prácticas del populismo palelolítico de los conservadores de antaño? Los que algo saben dicen que el kirchnerismo gastó 4 millones y medio de pesos en estas primarias. Tamaño despliegue para instalar al candidato, más tarde o más temprano iba tener el efecto boomerang en la siempre perspicaz sociedad lugareña. Cuestión que evidentemente ocurrió y es muy sencillo de corroborar haciendo lo que debe hacer cualquier periodista, escriba o escritor que se precie de tal: salir a la calle, a los bares, los cafetines, las peluquerías, los colectivos, las oficinas, la cancha, etc., a solamente poner el oído para ver qué dicen los vecinos. La campaña del kirchnerismo contuvo una paradoja: fue la mejor campaña desde la comunicación, la consigna, la prensa y el discurso. El candidato, a pesar de la magra cosecha de votos, caminó de manera incesante, instaló temas y demostró que la candidatura no le quedaba grande. Pero fue la peor campaña a la hora de seducir a la única clase social que le garantizará, alguna vez, la miel de la victoria en esta comarca: la clase media. Quienes no creen en el kirchnerismo como el peronismo moderno de hoy,de centro izquierda, reformista y auténtico (es decir, quienes lo critican fuera del clisé a partir del cual las corporaciones lo combaten), suelen enrostrarle el gen de lo que sería su antítesis ideológica y praxis política: la impostura. La patinada de la foto de Cristina con el papa Francisco y el candidato Insaurralde, o llevar gente a votar en decenas de remises como si fueran los peones analfabetos del señor feudal, son brulotes que enrarecen la épica del relato. A votar se va solo, de a pie, en colectivo, o lo que fuera. Porque votar es el acto más potente, subjetivo y personal de la democracia. Eso para no abundar en ciertos barquinazos del populismo fashion del aparato, algo de lo que Perón sabía muy bien, sobre todo cuando pronunció su célebre consejo: “Ustedes agarren lo que el enemigo les regale, pero en el cuarto oscuro vótenme a mí”. Eso parece que le hicieron al joven candidato kirchnerista de Tandil. Es la única explicación que cierra a la hora de pensar por qué fracasó de manera tan grosera la boca de urna a cargo de una consultora de prestigio que jamás había errado con esta metodología: el argumento de que el votante que llevó el remís le mintió al encuestador, por razones de estricta prudencia. Pero adentro del cuarto oscuro votó otra cosa. Para aportar un trazo de ligera ecuanimidad a la crónica (en próximo despacho hablaremos del Lunghismo), vale apuntar que el populismo se sostiene desde el Estado, pero también se alimenta con su imprescindible contraparte. Miguel Lunghi, por un lado, y Raúl Escudero, por el otro, también debieron atender las demandas de sus votantes. A Lunghi, en una barriada periférica, un vecino con algunos kilos de más le dijo muy seriamente y sin ponerse colorado: “Intendente, regáleme una cinta para correr y lo voto”. Lo de Escudero es más bizarro. Buena parte de su clientela son los “viejitos” de la mutual. Dicen que a un par de ellos, el candidato los conformó con una cajita de Sildenafil. O sea, Viagra. Para que sean felices antes o después de la votación.

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