20 de junio de 2013

Política

Política. El Hospital de Niños, cinco años atrás

Miguel Lunghi agradeció el gesto del donante del Hospital de Niños, el empresario Jorge Blanco Villegas, quien, hasta ese día, cargaba sobre sus espaldas la mochila de haber liquidado el Banco Comercial de Tandil. En su discurso, BV no estuvo feliz: se ufanó de que los dos hospitales públicos del pueblo habían sido obra de la actividad privada –lo cual es claramente cierto-, y que por otra parte puso de relieve el fracaso del rol del Estado a lo largo del siglo veinte. El pediatra Miguel Lunghi sintió muy secretamente que su gestión cumplía un hito en la medicina pública. El Hospital de Niños, en la modalidad de la utopía, estaba en su Libro Rojo de campaña de 2003, y un boceto modesto había sido pergeñado, ya durante la gestión, por el arquitecto Jorge Álvarez Lunghi. Pero cuando irrumpió el ofrecimiento de Blanco Villegas, su proyecto se tornó tan ambicioso que sonó a cuento de hadas. Un edificio impactante se levantó en el curso de dos años, pero no sólo se hizo con la plata de BV. La sociedad tandilense recaudó en colecta pública alrededor de 800.000 mil pesos; la Asociación de Marcapasos donó todo el mobiliario; y el gobierno provincial depositó casi tres millones de pesos para dotarlo de la infraestructura tecnológica necesaria. Aquella mañana tuvo el marco de una fiesta popular, aún en medio de la tirantez que rodeó el acontecimiento. Los productores agropecuarios, enfrentados con el gobierno nacional por la resolución 125, increparon al gobernador Daniel Scioli, pero el Motonauta Zen salió del mal trago tan airoso como en su propio discurso. El Frente para la Victoria, quien desde entonces manifiesta un inefable desconocimiento de cómo funciona la matriz mental de la sociedad tandilense, emitió un documento crítico contra Blanco Villegas, a quien tildó de “patrón de estancias”, y contra el modelo oligárquico filantrópico con que se edificó la salud pública en el pago chico y hasta el propio Hospital de Niños. Despotricó, además, con que el centro pediátrico llevara el nombre del padre del donante, mientras la inmensa mayoría de los vecinos celebraba el génesis del acontecimiento. El rigor ideológico del documento parecía a contramano con el sentido común de la gente frente a la magnitud de la obra soñada. Cinco años después está claro que Blanco Villegas, ni siquiera post mortem, se convirtió en un héroe de masas, ni siquiera en un prohombre de la comarca, por los dos millones de dólares que le costó la pregunta que se le ocurrió hacerle a Miguel Lunghi: “Doctor, ¿Qué puedo hacer por Tandil?”. El acto duró casi dos horas, pero hubo un momento que quedó en la retina de la muchedumbre. El frío calaba los huesos de los presentes y un cielo gris, encapotado, insinuaba el aguacero. En un momento de su discurso, Blanco Villegas habló de su padre y elevó la mirada al cielo. En ese mismo instante, como si tuviera el control remoto del clima en su mano, un rayo de sol apareció entre los nubarrones e iluminó la fachada del Hospital como un señal de buen augurio frente a los tiempos del porvenir. Todo esto ocurrió un día como el de hoy pero hace cinco años, la mañana que Tandil vio nacer su Hospital de Niños.

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