28 de mayo de 2013

Papel

Papel. La lluvia impone un viejo ritual: Táctica y estrategia para cruzar la calle

Manual del que va a mojarse aunque no lo quiera, se repite en días de lluvias más o menos torrenciales y súbitas, como una suerte de costumbre ancestral que probablemente venga del tiempo del hombre de las cavernas: el vano intento de los vecinos por evitar hundir los pies en el agua. “No hay, salvo el torno del dentista, sensación más horrible que sentir cómo el agua se mete entre los zapatos y las medias”, escribió hace años el memorialista tandilense Rafael Torrentada. Su libro, agotado en librerías y bibliotecas, explica las desventuras que en el día de hoy vive la vecindad tanto en el centro de la ciudad como en las barriadas más lejanas para consumar un hecho que en jornadas sin aguacero se lleva a cabo con total normalidad. Según el manual citado hay tres modos básicos con los vecinos deciden acercarse al cordón y saltar al desastre del vacío de la calle repleta de agua. Uno: tomar carrera desde la línea de edificación rogando que el impulso lo lleve lo más lejos posible de la masa acuática. Entre los 40 y 50 años ocurren severas luxaciones de tobillos, esguinces y otras peripecias propias de la edad. Dos: empezar a caminar como un ser perdido en el desierto buscando alguna esquina donde el agua no se haya acumulado de tal manera que permita un cruce decoroso y a salvo de la mojadura. Es inútil porque el caminante se empapará durante el trayecto; suele ocurrir además que el agua nos recuerda el perenne agujero de la suela del zapato, cuestión que también nos recuerda que debemos llevar el timbo al taller de Calzados Mariana o el amigo Brutti. Tres: asumir que mojarse es un destino, acercarse al cordón y a) sacarse los zapatos y cruzar el charco con budista resignación; o b) meter las patas en el agua con zapato y todo. Esta decisión es propia de la gente que hace rato vive pragmáticamente, aceptando lo que le dicta el destino y evaluando que es preferible mojarse antes que hacer el ridículo de una caída inopinada en medio de la calle o padecer una mojadura al 50%, dado que nadie por estos lados es campeón mundial de salto en largo como para pretender una hazaña a esta altura de la vida. Pero lo peor de todo, cierra como colofón el Manual del que va a mojarse aunque no lo quiera, es lo que suele ocurrir más allá de estas tres decisiones. “Nunca falta el turro que viene en el auto bien rápido por la línea del cordón y nos baña enteramente de agua… Esos tipos son gente mala de nacimiento que seguramente no va a ir al cielo”, cierra el texto en cuestión.

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