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28 de mayo de 2013
Enrique Flores no fue tal, al menos oficialmente, hasta que cumplió 17 años y tuvo su primer documento de identidad. Había nacido en 1976 en el Hospital Materno Infantil de Mar del Plata pero nunca conoció a su madre. De hecho, nunca se supo quien fue la que lo trajo al mundo. Lo entregaron de manera irregular a un matrimonio mayor que lo llevó a vivir al campo. Era eso o el orfanato. El pequeño Enrique vivió con sus padres adoptivos una infancia feliz en el agreste paisaje de la Provincia de Buenos Aires, pero el destino, que a veces parece ensañarse con algunos, le tenía preparada otra prueba difícil. El abandono de su madre apenas nacido no lo golpeó sino hasta que, años después, conoció esa faceta de su existencia. Pero la muerte de quienes llamaba mamá y papá le dio un golpe brutal y terminó de improviso el sueño bucólico entre cultivos y animales. El mundo se abrió bajo sus pies y terminó, tiempo después, durmiendo en la estación terminal de ómnibus de Tandil. Tenía 12 años pero había dejado de ser un niño. De esa intemperie de afecto lo rescató un trabajador de los servicios de asistencia social y lo llevó a vivir a una casa de contención. Tiempo después, en ese lugar donde convivía con otros chicos que tenían problemas de conducta, algunos de ellos incluso antecedentes policiales, conoció a Romina Anastasio Pitruluk, quien también venía de una historia familiar compleja. El amor nació de inmediato, como una flor que germina en el asfalto. Enrique y Romina no volverían a separarse y cuando la chica fue derivada a Azul porque en la institución de Tandil no había lugar para mujeres, su noviecito viajaba a verla los fines de semana, acompañado por un guardador. El tiempo pasó y el lazo entre ambos se hizo más fuerte. Romina dejó Azul y volvió a Tandil, esta vez al Hogar de Niñas y Ancianos. Su novio seguía amparado por el sistema de asistencia social del Estado. Pero ambos tenían planes para su futuro y, cumplida la mayoría de edad que garantizaba la posibilidad de egreso del sistema, decidieron ir a vivir juntos. Enrique trabajó durante algunos años con un técnico dental y luego desarrolló otras ocupaciones que siempre le permitieron vivir dignamente con Romina y los hijos de la pareja. Pero el tiempo fue acentuando su tendencia al engaño. De hecho, quienes lo conocían aseguran que se compró un auto de remís porque ese trabajo le permitía mayor libertad horaria para dar rienda suelta a sus instintos fuera de casa. Tal vez especulaba con que su mujer siempre estaba dispuesta a perdonarle las infidelidades. Hasta que un día ella se hartó, marcando sin saberlo el comienzo del fin. Compartían la casa pero el matrimonio estaba literalmente terminado. Enrique -que nunca dejó de buscar refugio en otros brazos- quedó devastado cuando tuvo certeza de que Romina tenía un novio y la cosa iba en serio. Hasta ese momento él pensaba que ella lo perdonaría y que todo volvería a ser como antes. Cuando comprendió que ella jamás volvería a ser suya no pudo soportarlo. En estos días trascendió que sobre Flores pesaba una denuncia por agresión y ya había dado señales de incapacidad para manejar su ira. Cuando se conoció la trágica muerte de Romina algunos sospecharon de Enrique. Pero para un hombre fue una certeza amarga. El trabajador social que lo guió durante su niñez y adolescencia escuchaba la radio el viernes cuando informaron que Romina había aparecido muerta en las afueras de la ciudad. Sintió una estocada en el pecho y exteriorizó su diagnóstico lacónico y fatal: "La mató".
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