22 de mayo de 2013

Papel

Papel. Rebollín busca dejar su casilla de chapa

No puedo seguir viviendo en una casilla de chapa, ya no me da el cuerpo para eso…”, dice. La casilla no es una metáfora. Así, en esa precariedad vive Jorge Rebollo desde que llegó al pueblo desde su Córdoba natal hace ya casi tres décadas. Su bicicleta y una otrora multitud de perros a su lado solían ser parte de la cosmovisión con que se fue incorporando al paisaje. “De los perros sólo me quedan dos. Hace poco me mataron al último…”, dice sin poder ocultar la amargura. Es evidente que los perros son para nuestro solitario personaje mucho más que una compañía. En estos días un cálculo de vesícula lo mandó sin escalas al Hospital. “Ya estoy bien, otra vez en la pista”, agrega mientras trepa a contramano por Arenales con la bicicleta a remolque. Parece una suerte de San Agustín en harapos, mezcla de linye, niño grande y payaso con una sonrisa enorme que le ilumina la cara. “Si alguien puede ayudarme bienvenido sea…”, dice Rebollín, portando una monumental modestia, aunque tampoco parece obsesionado con el tema. Cuenta que el funcionario Diéguez, de Desarrollo Social, se acercó al barrio donde un puñado de vecinos junta firmas con la idea de que el Municipio aporte los materiales para la construcción de algo parecido a una casa. A los 58 años Rebollín cuenta con algunos pergaminos: nunca hizo un cheque, nunca tuvo tarjeta de crédito y, fundamentalmente, le dibujó –gratis- una sonrisa a dos generaciones de niños tandilenses. Es el último payaso callejero. Una especie en extinción. Un payaso sin cachet, sin fiestas privadas, sin animación en jardines. Toda su rutina de trabajo depende de la voluntad de los padres de los pibes. “No tengo nada, ni pido nada, sólo que los años pasan…”, cuenta Rebollín como pensando en voz alta.  La bicicleta parece de otro tiempo; él mismo, en medio de la noche y la bruma de este otoño desangelado, surge como un anticlímax frente al pensamiento oficial del mundo, a esa idea políticamente correcta de las formas y la apariencia. “Sin mi traje de payaso me siento como desnudo…”, revela. Vive en el confín de Arenales, allá donde la calle muere en un páramo, entre dos atajos de tierra cuyos nombres hicieron historia en el Tandil del pasado: Pierroni y Fuschini. El primero, fotógrafo; el segundo, médico. En la casilla de chapa, a metros del invierno que se acerca, pasa sus horas Rebollín, mientras los vecinos procuran darle una mano.

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