Notas de Opinión

Mindfulness, Borges y el tiempo

25/10/2017

Descubrí mindfulness por un amigo. "Una técnica de meditación en la que solo tenes que concentrarte en la respiración", me dijo. Creí que era una pavada. Incluso parecía fácil de hacer. Hasta que intenté practicarlo. Porque pasados los primeros treinta o cuarenta segundos, la mente entra en "modo narrativo", divaga y empezás a pensar en cualquier cosa. Lo que sea menos en la respiración. Eso que parecía sencillo de concentrarte en la respiración, en un "objeto primario" adonde dirigir toda la conciencia, termina siendo muy difícil de sostener. He aquí el desafío.

por
Cristian Salvi

Mindfulness suele traducirse del inglés como atención plena y es el nombre con el que en occidente se conoce a una meditación hindú que tiene miles de años. En oriente se llama meditación vipassana, una palabra que refiere "ver las cosas tal cual son", o sea, libre de juicios que interfieran o manipulen en lo que apreciamos. Algo también muy difícil. Por eso se llama a la técnica conciencia o atención plena del presente, es decir, de nuestro "aquí y ahora" tal cual es.

 

Occidente incorporó la meditación vipassana en buena parte desde las neurociencias, cuando se descubrió por experimentos y escaneos mentales que su práctica tiene alto impacto positivo en el cerebro y en la salud mental. De allí que existen un montón de libros de neurociencias que hablan de mindfulness (mi segundo encuentro con la práctica fueron los best seller de Facundo Manes, Estanislao Bachrach y Diego Golombek sobre el funcionamiento del cerebro) y que la psicología científica, como la cognitivo-conductual, la incorpore al repertorio de su práctica clínica.

 

Se ha escrito muchísimo sobre mindfulness. Me propongo en esta nota formular una singular relación entre lo que podríamos llamar la "filosofía mindfulness" y dos textos de Borges sobre el tiempo.

 

"Somos" el tiempo presente

 

El tiempo, la temporalidad, la relación entre "el ser y el tiempo" -vaya el recuerdo adrede de Martín Heidegger-, han ocupado bibliotecas enteras. Mindfulness, al buscar la atención y conciencia plena del presente, niega la existencia del pasado y del futuro. El pasado solo existe en la memoria y el futuro no existe todavía. Más aún, cuando exista, no será futuro sino presente. La vida, pues, solo discurre en el presente.

 

Borges fue más allá y escribió que "somos el minucioso presente". Somos el tiempo. El tiempo no es algo "externo". Somos nosotros y en presente. Lo hizo en un ensayo fabuloso -de lo mejor que se ha escrito sobre el tiempo- que se llama "Nueva refutación del tiempo", publicado en Otras inquisiciones (1952). El pasaje en cuestión es extraordinario: "Cada instante es autónomo. Ni la venganza ni el perdón ni las cárceles ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado. No menos vanos me parecen la esperanza y el miedo, que siempre se refieren a hechos futuros; es decir, a hechos que no nos ocurrirán a nosotros, que somos el minucioso presente. Me dicen que el presente, el specious present de los psicólogos, dura entre unos segundos y una minúscula fracción de segundo; eso dura la historia del universo. Mejor dicho, no hay esa historia, como no hay la vida de un hombre, ni siquiera una de sus noches; cada momento que vivimos existe, no su imaginario conjunto".

 

El ahora es lo único que existe y es irrepetible

 

Hay otro texto de Borges que me recordó a la filosofía mindfulness. Se trata del cuento "El inmortal" que forma parte de El Aleph (1949). Cuenta la historia de un viajero en búsqueda de un río cuyas aguas dan la inmortalidad. El viajero llega a ese destino y bebe del río. A partir de entonces, el cuento continúa con un relato del personaje especulando sobre las consecuencias negativas de ser inmortal. La inmortalidad era una condena porque banalizaba la existencia y el presente. Por eso el viajero decide emprender la búsqueda de otro río que le devuelva la mortalidad, al cual llega casi mil años después.

 

La vuelta a la mortalidad da sentido a la existencia. El texto rescata el valor de la mortalidad por lo irrepetible y único del instante presente. Escribe Borges en la voz de su personaje: "La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como pérdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario".  Somos el presente y morimos en él. Ese presente tiene el valor de lo único. Lo irrecuperable. Lo único que existe. Nuestra propia existencia. 

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