CAMION

De Tandil a Necochea y la desgracia de quedarse abotonado

La sociedad necochense vive el mismo estado de sarcástico estupor que aconteció en la comunidad lugareña hace cuarenta años: un incidente sexual indecoroso, que terminó con sus protagonistas en el Hospital público, se convirtió en un hecho prácticamente irremontable para los personajes de esta historia.

Un hilo intangible une los dos episodios. El primero ocurrió en Tandil, en 1973, en la periférica intimidad de un albergue transitorio (uno de los dos “muebles” que había por entonces en la comarca). El segundo aconteció en la antevíspera en Necochea, tal como lo informó el portal Nova Necochea. El accidente sexual conocido en la jerga del lunfardo popular bajo el neologismo del “abotonamiento” vinculó el caso de la pareja de amantes tandileña que sucumbió a la catástrofe una noche glacial e inolvidable de aquel Tandil de apenas cincuenta mil almas, con el árido coitus interruptus entre dos rudos camioneros en la cucheta del camión de uno de ellos, mientras aguardaban el movimiento de carga y descarga en Puerto Quequén.

Es cierto que ambos episodios, medidos desde la truculenta simbología que expresan en sociedades que conviven bajo la ilusión óptica de interactuar en una ciudad grande pero con su idiosincrasia mental cocinada dentro la olla a presión del pueblo chico, configuran un mayúsculo bochorno, pero con ciertos agravantes para el caso del abotonamiento en versión necochense. Sin duda, la fortísima imagen del par de rudimentarios camioneros llevados al Hospital en tan ignominioso trance, resulta aún mucho más cismática que su analogía heterosexual tandilera ocurrida en pleno siglo veinte.

Aquella noche una mujer de la higth society lugareña, que con los años en su categoría de viuda negra habría de ganarse el legítimo apodo de “Calzón Fúnebre –porque se le murieron tres de los cuatro maridos que tuvo-, sucumbió en comunión con su pareja al desdichado incidente sexual que concluiría, también, con la dama y el caballero recorriendo la distancia del albergue al Hospital a bordo de una ambulancia, instancia extrema a la que se llegó luego de que –tal como ocurrió con el dúo camioneril- los primeros auxilios aportados por personal del albergue no alcanzaran para desacoplar la genitalidad de la pareja, tras la aciaga práctica de la cópula anal.

Tandil entonces era un pueblo en toda su ontológica dimensión, tanto demográfica como culturalmente, y las consecuencias de esta calamidad íntima se sintieron, según los biógrafos del penoso acontecimiento, en apenas 25 minutos, en el valle de una aldea que carecía de internet, redes sociales y muy pocos teléfonos domiciliarios. “Fue el primer abotonamiento de la era moderna en el pago chico y desde que la pareja entró a la guardia del Hospital hasta que el último vecino se enteró del hecho, medió algo menos que media hora… Sólo la llegada del hombre a la Luna, ocurrida dos años atrás, había provocado semejante convulsión en la vecindad”, describió a ElDiariodeTandil el ensayista Melquíades Kafka, autor de un libro aún inédito titulado Historias de Telos, texto que compendia una antología con las mejores anécdotas sucedidas en el Hotel California, Los Alerces y La Finca.

La anécdota del abotonamiento serrano, a juzgar por los entendidos, superó en la fervorosa comidilla de los vecinos a otros episodios memorables ocurridos en estos ámbitos del sexo clandestino, como por ejemplo el hombre que en compañía de su amante murió en pleno acto sexual y del cual se evitó el papelón postmortem porque sus amigos urdieron una operación de rescate del finado, a quienes trasladaron desde el telo hasta el confín de una avenida donde habría de localizarlo la ambulancia de un servicio de emergencias privado. Y tampoco esa historia fue superada por una anécdota tragicómica que se transformó en la comidilla de médicos y enfermeras de la Clínica Chacabuco a donde llegó, con el miembro viril deformado como una desmesurada morcilla, el vecino que se introdujo un anillo en torno al pene para sostener un vigor sexual que estuvo a punto de terminar con la amputación del miembro.

Desde la antevíspera hasta hoy los vecinos de Necochea y la zona se regodean, entre la bura y el morbo, con las desventuras de los camioneros cuyo culebrón trascendió las fronteras de la localidad. De inmediato el artículo se convirtió en este Portal –y en otros también- en la noticia más leída. Es hasta lógico por la envergadura (por decirlo así) del incidente. Pero lo más duro, para las infortunadas víctimas del inoportuno abotonamiento, no es solamente el hecho en sí mismo, que en el campo empírico nadie desearía atravesar nunca jamás. Lo peor es el día después para ellos y, muy especialmente, para su familia. Por ejemplo, para la esposa de uno de los camioneros involucrados en el hecho.

También Tandil expone, en esta materia, su propia “jurisprudencia” pero en la modalidad trágica. Hace diez años un profesional de la ciudad, acompañado de su secretaria, combinó dos pastillas de Viagra con sexo y alcohol, y el resultado fue un coito químico que le voló el cerebro. Pasó sin escalas del telo al Sanatorio, donde murió dos días después sin recuperar la conciencia. Una de las enfermeras careció del gesto de piedad cristiana ante el varón caído y apenas llegó la esposa del profesional a las puertas de Terapia Intensiva le arrojó el dato fatal sin anestesia: le dijo que su marido había sufrido la descompensación en un albergue transitorio.

“Gente mala hay en todos lados”, comentó un parroquiano del Bar El Purgatorio al tomar contacto con esta historia. En la peluquería de Etelvina Montes, natural de Villa Laza, una comadre refutó aquella sentencia desde la utrajada dignidad femenina: “La enfermera hizo muy bien en cantarle la posta a esa pobre mina que se comió semejante garrón…”, señaló.

A la viuda, como era previsible, no se le cayó una sola lágrima durante todo el velorio.

Corresponsales de ElDiariodeTandil en Necochea aseguran que la esposa del camionero ya habría pedido asilo en una localidad vecina para ponerse a salvo de tan inmerecido escarnio.

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